Martes, 28 de abril de 2009
 x Juan Carlos Paraje Manso/


No tuve suerte en Anleo: mi informador particular, este casi providencial cicerone que invariablemente me aguarda en cada hito,sea cual fuere el día y la hora en que llegue, ese señor - o señora- que lo sabe todo de su pueblo y gusta de contarlo, y me permite -en cinco minutos y diez preguntas- enriquecer mi particular desván de estampas y hacerme viejo, íntimo amigo, de un lugar apenas vislumbrado, no estaba el otro día en Anleo. Me crucé con él -lo reconocí al punto- cuando ilusionado, en las afueras del pueblo,rodaba en pos del objeto de mi peregrinar, saboreando de antemano el contraste entre la imagen real, que presentía cercana, del Palacio de Anleo, con la quimérica, que mi imaginación había dibujado. Era si, sin duda, él: setentón de corbata y traje oscuro, (maestro jubilado, indiano, señorito de aldea, tocador de acordeón de oido?) el que, sin sospecharlo, abandonaba nuestra cita nunca concertada.
En su lugar, por no encontrar otro, en el cálido atardecer ungido de siesta, abordé a un hombre todavía jovén, delgado, de menudo caminar, al que presumo célibe, hijo único de viuda de militar retirado, jugador de ajedrez y devoto de las novelas de Belda:-¡Buenas tardes! Ese es el palacio del Marqués de Santa Cruz, ¿no?- Si. -Y, ¿quién es el actual propietario? -El Señor Marqués. - Y ¿Viene alguna vez por aquí?-Pocas.-Y en la iglesia ¿Hay alguna donación, capilla o recuerdo suyo? -No.-Gracias.-Adiós. Y continuó su camino, que yo había osado interrumpir con prisa de llegar a casa y poner "a mollo" cuarto kilo de garbanzos que llevaba bajo el sobaco izquierdo
El palacio, castillo o como queramos llamarlo, se ensoñorea del plácido valle, enclavado a mitad de un suave declive, rodeado de un amplio prado que bordean jovenes cipreses. Tiene planta rectangular, casi cuadrada;tres de sus ángulos están ocupados por otras tantas torres cuadrangulares, de parecida traza a las de Sierra Pambley, ( nuestro "Cuartel Vello") y el restante, por una explanada, cubierta de maleza, de lo que debió ser gran zaguán o plaza de armas.
Las torres ,almenadas,  de cuyos ángulos parten gárgolas con la cabeza de sierpe de un blasón sin duda oculto entre la hiedra, estan cubiertas casi en su totalidad por esa planta trepadora que, merced a lo fértil del terreno, se posesiona de las vetustas paredes con voracidad casi carnal; sólo quedan al descubierto-aquí y allá- ángulos, sillares y dinteles de blanco granito que revelan su cuidadosa fábrica. Mis esperanzas de contemplar en su solar su escudo de armas, que desde el altar mayor de su Iglesia Parroquial preside alguno de los momentos más importantes de la vida de los ribadenses, se vienen abajo - lo mismo que estos tejados-al igual que la ilusión de poder ver el clavo en el que colgó, en un tiempo escaso de perchas pero abundoso en milagros, su polvoriento hábito San Francisco de Asis, de camino hacia Ribadeo para fundar su convento -hoy Iglesia Parroquial- fué huésped de la ilustre familia. *
Penetro por una puertecilla, única medianamente practicable del ruinoso recinto, y, en un interior de paredes desnudas donde las vigas desprendidas y la vegetación más diversa dibuja un ballet de rom´tico abandono, trato, inutilmente, en un rapto pueril, de descubrir el dichoso clavo...
Salgo de nuevo al amplísimo prado, hoy pulcramente segado: frente por frente, una industria de productos lácteos, situada en mitad del valle, emite un constante, fatigado  jadeo, contrastando con el hermetismo y serenidad d e estos muros, quizá como un simbólico relevo-de un monstruoso gigante en continua y gaseosa digestión.
Ya de regreso, camino de Navia, los niños me enseñan sus manos: han cogido unas bellotas del Palacio del Marqués de Santa Cruz del Marcenado; al igual que esta misma mañana se entusiasmaban con las avellanas de la casa de don Pedro González de Prelo y Castrillón...
Bellotas y  avellanas vestidas aún con la verde ternura del árbol, ¡qué delicia!, algo sorprendido descubro que, con sólo el nombrarlas, despiertan, en mi alma antigua de labriego, más emocionado, mágico eco arcaico, que la grandeza de todos los blasones.

* A su piedad y desprendimiento se deben la capilla mayor y el retablo; en él consta haber sido dorado en 1751 a expensas de don Juan Alonso de Navia Osorio, Marqués de Santa Cruz del Marcenado. En la capilla hay una lápida que dice: " Toda esta capilla maor es i fue desde su fundación de los SSres. de la casa de Navia que está sita en el Balle de Anleo i nadie se puede enterrar en ella sin licencia del maiorazgo de dicha casa"
En 1621 en el funeral del Rey Felipe III se sentaron en la capilla mayor los Regidores y entraron D. Juan Alonso de Anleo, causante de los Marqueses de Santa Cruz, D. Fernando de Miranda y otras personas y criados e, irumpiendo en la capilla, arrojaron del banco a los que lo ocupaban y lo sacaron de allí
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Publicado por a333 @ 19:46  | jcparajemanso
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