Mi?rcoles, 06 de mayo de 2009
Publicado por a333 @ 21:09  | jcparajemanso
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 x Juan Carlos Paraje Manso/

Canta el jilguero en el aire

a eso del amanecer.

Canta el gorrión en la sombra

y en el nido que va hacer.

Y en el bosque con afán

trina el ruiseñor.

Todos cantando van

la alegría y el amor.

 

Anónimo ribadense

 

Pasaba a primera hora de la noche por la Calle Villandrando cuando, proviniente de lo alto de la Torre del Palacio de los Moreno, oigo, en la serena quietud de la hora, un extraño quejido entre humano y animal. Me detengo y escucho: es una especie de jadeo o estertor, que en esta calle, iluminada al estilo de 1.726, resulta algo acongojante. Se repite cada ocho segundos y medio y se asemeja a la dificultosa respiración de un asmático, a las últimas boqueadas de un cerdo (con perdón) moribundo, a un raro injerto de silbido-maullido-rebuzno, ¿será el fantasma del alcalde de la Torre Julia?

-¡Oye! ¿Qué es eso?

-¡Bah! Es el búho. ¿Nunca lo habías oído?

¿El búho?

-Si hombre; hace tres veranos que lo tenemos de vecino vive ahí, en lo alto, en una de las troneras de la azotea. Sale por las noches a cazar ratones...

-Búho, veranos, troneras, ratones...Oye, pero tú ¿lo has visto?

-Perfectamente. Una tarde, entre luces, lo vi aparcado junto a la chimenea del Cine Colón. Con los prismáticos lo pude observar detenidamente: tiene el aspecto de un gato de color leonado. Los niños del barrio se pasan horas tratando de localizarlo con linternas. El año pasado recogieron una cría que se cayó del nido y casi se mata contra la acera. Hablaban de disecarlo, pero creo que todo se quedo en nada...

-Pero ¿tú crees que llega a criar?

-Si. Trae una pareja de cada vez.¿No te has fijado que ha terminado con las palomas de la Torre?

-Efectivamente, la Torre antaño tenía palomas; hasta mi habitación llegaba su arrullo interminable durante el día, como ahora llegará el nocturno ronquido de su depredador.

Es curioso y ...algo siniestro. Desde siempre las torres, con su altura, han sido seguro habitáculo para las aves, que las coloca en situación ventajosa e inaccesible. En los campanarios de tierra caliente anidan las calumniadas cigüeñas, a las que se responsabiliza de nuestros patinazos. En todas las torres, de todas las ciudades, de todos los países hay palomas-blancas o grises-que con sus constantes aportaciones se afanan en retocar su belleza arquitectónica y gustan de aterrizar en las plazas, cuál móvil ornamento, y trabar relación y convivencia con el hermano hombre a cambio de unas migas o unos granos. Se me viene a la memoria una fotografía-quizá dedicada a sus cuentacorrentistas-de don Manolito Casas, sentado en la Plaza de San Marcos de Venecia, sonriendo con la seguridad que da la buena crianza, decorado con profusión de palomas que se posan confiadas en sus rodillas, sus manos, en su sombrero.

La Torre de Londres cuida con esmero sus cuervos, más afines con su lúgubre arquitectura. Si es verdad que los cuervos viven más de cien años, quizá alguno de los actuales resulte bisnieto de los que desayunaron con las pupilas de Cronwell. Dicen que al cuervo, si se le corta la lengua, habla

John Ningen afirma que se sabe de cuervos que han hablado e incluso compuesto pareados.

En lo que a Ribadeo concierne, disfrutando de un triple habitat: marino, urbano y campestre, siempre fue rico en cantidad y variedad de pájaros, del país e importados, a los que nunca faltaron amantes apasionados. Sabios aficionados hubo en todo tiempo para los que la cría y reproducción de las canoras avecillas carecía de secretos, llegando el virtuosismo de algunos al extremo de conseguir el milagro, con tan sólo un hábil retoque colorista, de transformar un gorrión en canario.

En el tejado de la Aduana Vieja suelen pasar revista, en correcta formación, las marineras gaviotas que, como infalibles serviolas, sobrevuelan el Campo al presagiar temporal. El crudelísimo invierno de 1.963 nos envió del Norte, como gráciles embajadores, a un escuadrón de cisnes salvajes que fueron recibidos, a tenor de su rango, con las protocolarias salvas de ordenanza. En el portal de la Iglesia y en el templete del Cementerio acostumbraban a anidar las viajeras golondrinas, ahora diezmadas, al igual que los gorriones, por los insecticidas, y que antaño celebraban sus ensordeceros congresos en la Cuesta de los Guardias. En la Villavieja, quizá evadido de un viejo reloj, oí cantar a un cuco; y algún anochecer, en Jueves “de música”, en el ábside de la parroquial, contribuí a convencer a algún testarudo murciélago a que se hiciera cliente de la Tabacalera. En mi recuerdo, en el desaparecido bosque de la Casa de Casas, las parlanchinas urracas, siempre precursoras del cartero (“Cantan as pegas, cartas as nenas&rdquoGui?o saltaricaban con desgarbo. En este edificio, hoy Ayuntamiento, se albergó durante algún tiempo, al terminarse la Contienda , un batallón de Infanteria y aunque parezca increíble, aún hoy en día los mirlos de la Calle Ibañez siguen reproduciendo en sus trinos el toque de “a rancho”, único que verdaderamente les importaba.


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