Domingo, 10 de mayo de 2009
Publicado por a333 @ 18:49  | jcparajemanso
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 x Juan Carlos Paraje Manso/

Un personaje inquientante e inolvidable en la niñez de muchos ribadenses, en especial para los que nacimos y nos criamos del Palacio de los Moreno para abajo (que es por donde pasa una de las invisibles lineas divisorias del pueblo,definitorias de costumbres y vivencias infantiles, que condicionan a las personas de por vida) fue aquella mujer, de estatura imponente y severo semblante, conocida por “Marión”

Era esta señora para nosotros una especie de fantasmón siniestro, a cuyo paso suspendíamos los juegos, bajábamos la voz y, sin perderla un momento de vista, fascinados, nos apretujábamos contra una pared e incluso algún pusilánime se refugiaba en un portal.

Su invariable indumentaria, o parda o caqui, era una extraña mezcla de uniforme y hábito, compuesto de largas sayas y chambra, cubiertas de remiendos hasta el extremo de hacer difícil la localización de la tela original. Recogía colillas, y al agacharse, con la agilidad que le confería una larga práctica, dejaba entrever por los bajos una deshilachada enciclopedia de harapos.

Siempre con la cabeza cubierta, de invierno con un pañuelo del mismo color que el atuendo, con un viejo sombrero de paja que acentuaba su aspecto varonil, en verano, calzaba gruesos chapos con alpargatas o zuecas según la estación y renqueaba algo, a consecuencia de una vieja caída en la Cova das Areas.

Su voz grave y monocorde, a la par tímida e insolente, tenía siempre un timbre de queja, amenaza o súplica. De carácter seco y fácilmente irritable, en su mirada directa orgullosa y desafiante se leía una rotunda disposición para repeler prentamente el menor ataque o burla, con improperios de grueso calibre o enarbolando su inseparable “sacho”-pequeño, pesado y romo-que le servía a la vez de herramienta, arma y báculo.

Y a pesar de ello, de su erguida figura y sonrosado rostro se desprendía una rara elegancia, una absurda majestad, que sobrecogía el animo e inspiraba temor, respeto y admiración.

“Marión” vivía en un departamento de una casa del Callejón de la Atalaya, y cuando regresaba del monte de buscar leña o de las playas donde mariscaba, que eran sus ocupaciones habituales, solía apoyarse en el pretil mirando al mar mientras fumaba un grueso pitillo, puesto que el fumar era una de sus chocantes costumbres que, interpretada bajo la óptica de aquel entonces, contribuía a definirla como de carácter hombruno.

Empero, lo que más nos impresionaba de aquella extraña mujer, era la certeza-por haberlo oído de labios de nuestros mayores, de qué había matado a un hombre.

Hay que remontarse a cuando María Pastora Castro, natural de Masma (Mondoñedo) era una arrogante moza que unía a su estatura y robustez, casi masculinas, cutis terso y sonrosado que si en la vejez conoció arrugas, dientes pequeños y blanquísimos y ojos rasgados, unas formas turgentes y armoniosas que la hacían comparable a las asexuadas esculturas marmóreas de Miguel Angel

Tras una corta estancia en Las Anzas, la rústica Venus había cruzado la Ría para servir en una casa de labranza en Piñera (Castropol) y después alquilar una casita en Donlebún (Barres) en donde tenía ovejas y gallinas, dedicada a laborear la tierra para quién la solicitaba, trabajar en las fábricas de conservas de Figueras y la que sería su ocupación favorita: mariscar , en la ensenada de Berbés y la Liñeira.

Su soledad y silvestre belleza la hicieron presa codiciada de conspícuos varones del contorno que merodeaban su casa, incansables, en demanda de sus favores.De este asedio son fruto pintorescos lances que demuestran a la vez que su extraordinario vigor físico, el extricto concepto que tenía María Pastora del trato y de la palabra empeñada.

Cuentase de un caballero que por mostrarse remiso a la hora de gratificar sus gracias, hubo de arriesgarse a un enfriamiento mortal, al cabalgar, en procura de su montañoso feudo, como Lady Godiva o poco menos...

De otro ingrato amador se sabe que, al confesar hallarse exento de bienes monetarios, después de haber gustado de la manzana prohibida, sufrió de la confiscación de la gabardina, misma que, usada como capichuela, exhibió la brava walkiria al día siguiente en las “ameixolas”, causando las asombrades cruces de las comadres castrolinas.

Aunque también, todo hay que decirlo, hubo quién supo mostrarse espléndido en extremo, hasta el punto de que, cuando fue aprehendida, poseía alguna joya, entregada en momentos de loco desvarío , cuyas iniciales fueron la comidilla del lugar.

Esta vida irregular tuvo un trágico colofón en la noche del 1 de mayo de 1.927 cuando, dando brusco termino a una discusión, María Pastora descargó su “sacho” sobre el cráneo del carabinero Francisco Rodríguez Gayoso, con tan mala fortuna para los dos que a la mañana siguiente fue hallado agonizante por los horrorizados convecinos. Se encontraba a alguna distancia de la casa, a donde lo había llevado María Pastora, como un muñeco roto, pero un rastro sangriento delataba el lugar del hecho. Avisada la autoridad, prendieron a la desgraciada mujer- que ignorando la magnitud de la herida se hallaba sachando patatas en Lois- y fue juzgada y condenada a reclusión.

De esta trágica forma-por otra parte una de las más usuales-María Pastora, la fumadora, la agreste beldad de Donlebún, pasaba a engrosar para siempre el folklore del Eo. Todavía recuerdan en Barres el pareado: “María Pastora, flor del romero, mató a Gayoso con un martelo”en el que se sacrifica a la rima la verdad del procedimiento.Su triste celebridad fue aprovechada por las madres de las dos orillas, empleando su tenebrosa figura de “coco”: “Ahi che ven María Pastora...”, amenazaron durante años a los niños traviesos y llorones.

Ocupada en realizar sencillos trabajos manuales, María Pastora cumplía condena en Alcalá de Henares, cuando un episodio histórico-el advenimiento de la República en 1.931-vino a mediar en su destino.Favorecida por un indulto que la devolvía al mundo exterior, intentó volver a Donlebún, más al comprobar el difícil ambiente que se le ofrecía, se instaló en Ribadeo.

“¡Maldita sea a República, que fora me botou! Le oyeron lamentarse muchas veces sus convecinos.

Porque, aunque parezca absurdo, el espíritu primitivo de aquella extraña mujer toda integridad y nobleza-que había sufrido descalabros por parte de la sociedad hasta el extremo de convertirla en una fiera acorralada, había encontrado por una vez en su vida, en Prisión, la seguridad y el respeto a su persona por los que siempre luchó y que desconfiaba-con razón más que sobrada-el poder obtener fuera de ella.


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