Lunes, 11 de mayo de 2009
 

x Juan Carlos Paraje Manso/

Carnaval es el tiempo comprendido entre Reyes y Cuaresma y más particularmente el antruejo (para nosotros “antroido&rdquoGui?o o los tres últimos días de este periodo.

Su origen es remotísimo y se enraíza con ciertas prácticas religiosas de la antigüedad. Durante el Carnaval, por tradición, se tiende a adoptar una aptitud de frivolidad, desenfado y fantasía. Son características carnavalescas los cantos y bailes, las batallas de flores, los desfiles de carrozas, etc. y fundamentalmente la costumbre de enmascararse, de transformarse por unas horas en seres distintos de los que se es en realidad, que tiene una profunda raíz psicológica.

Fueron famosos los Carnavales italianos y franceses de los que todavía perdura la fama de los de Niza y Venecia. En Hispanoamérica se celebran con gran brillantez y fantasía y en ellos se amalgaman elementos precolombinos, europeos y africanos. El más conocido es el famoso Carnalva de Río, uno de los espectáculos y vivencias más interesantes y fastuosos del mundo. En él todos los habitantes, convertidos en frenéticos actores en una interminable procesión de música, baile y colorido exhuberante, cantan y bailan, ríen y gozan, hasta el paroxismo.

Objeto de sucesivas prohibiciones y tolerancias, según los vientos imperantes, en nuestro país tiene el Carnaval escaso relieve. No obstante, para nuestras gentes galaicas, tan enraizadas y afines en las viejas costumbres y culturas, constituye una de las fiestas mayores del año, solo superada por las Navidades o el Santo Patrón. Más modestos que los brasileños, nuestros “desenfrenos” suelen traducirse en alardes gastronómicos, pues sabido es que nuestros humildes vicios-por limitaciones bien ajenas a nuestra voluntad-suelen monopolizarlos los desafueros estomacales. Lo cercano de la matanza hace que ciertas partes del cerdo, cabeza y rabo (o sea: proa y popa de la tozuda bestezuela) manjares obligados de estas fiestas, amén de las consabidas frituras: flores, chulas, filloas, empanadillas, fereixós, etc.costumbres que continúan en gran parte vigentes en nuestros días.

En otros tiempos era nuestro viejo Teatro, propiedad de la Sociedad Filantrópico Dramática (fundada en 1.835) obligado recinto en el que se celebraban los fastos públicos al Rey Momo. A tal fin, una brigada de obreros de Santos retiraba las butacas y levantaba el piso, que era de quita y pon, sobre unos caballetes hasta dejarlo al nivel del escenario (en donde se instalaba la cantina) y de las plateas (hoy desaparecidas) que formaban una herradura adosada a las paredes y dividida en compartimentos independientes. Quedaba de esta suerte nuestro Coliseo convertido en amplísimo salón de baile. Los palcos altos también se transformaban, con unos tableros al efecto, en compartimentos, y tanto estos como las plateas eran alquilados, con mucha anterioridad a su celebración, para todos los bailes de Carnaval, y desde ellos las familias ribadenses contemplaban el espectáculo de los danzantes e incluso -en el baile del Martes que duraba hasta el amanecer-cenaban. Los bailes tradicionales eran tres: el Domingo, el Lunes (dedicado en parte a los niños) y el Martes de Carnaval que era el más importante y apoteósico.

También solía celebrarse otro baile al domingo siguiente, o de Piñata, en el que se suspendían bolsas conteniendo caramelos, regalos y baratijas, y que era el postrer coletazo con el que se despedía el Antroido.

Según nos cuentan quienes tuvieron la suerte de vivirlo, estos bailes del Teatro constituían un festejo popular inenarrable: abarrotado el amplio recinto de danzantes vestidos con los más disparatados atavíos, bailaban, reían, bromeaban, se empujaban o se trompicaban en un derroche de hilaridad y diversión. Adornado el local con mascarones, farolillos y guirnaldas multicolores, los danzantes se movían en oleadas o se abrían paso como podían a través de quintales de confeti que llovía de todas partes y las tupidas “lárgaras” (serpentinas) que transformaban el salón en selva intrincada.

Corría la parte musical a cargo de Conrado Paz (hojalatero, fontanero, barbero, músico, etc) que aporreaba con denuedo un piano de cola, la murga del representante de comercio Leoncio Rodríguez (inmortalizado en unas no muy elegantes cuartetas) organillo de manubrio, el cuarteto ribadense de Manso, los Quirotelvos de Castropol, etc.

En las sociedades privadas también se celebraban bailes de disfraces: La Piña, La Tertulia de Confianza, La Prosperidad, El Casino, El Circulo de Recreo, etc., con más espacio y corrección, sin duda, que en el Teatro pero sin su innegable encanto de follón multitudinario.

Eran frecuentes las comparsas formadas por numerosos componentes, diestros en el manejo de instrumentos de cuerda, de la misma Villa o venidos de Castropol, Figueras, Mondoñedo, Rinlo, etc.que amenizaban las fiestas desfilando por las calles.

Asimismo y en diversas épocas, había grupos jocoso-musicales que cantaban y vendían coplas en las que se ridiculizaba de forma ingeniosa actitudes o expresiones de conocidas personas de la localidad como aquellos famosos “Sinapianos Carnavalescos” (Sin animo de ofender) atribuidos al inolvidable guardameta “Chombo”, cuyos hilarantes dichos: “tengo los pies que adoezo”, “si es corta se le amece, si es larga se le rabena”,”trabale en el pe”, “antes de darlo lo relo”, etc, han adquirido carta de naturaleza y se han hecho clásicos, incluso ignorando sus orígenes, en el léxico de la Villa.

 

 

Hubo un tiempo en que nuestros celosos pastores conceptuaron el Carnaval como “fiesta de Satanás, propicia a toda clase de tentaciones, ocasiones y acechanzas y causa de no pocos desenfrenos que suelen conducir a la perdición”, tal vez, pensando en su candidez que “en cuestión de faldas para el seglar, todo es cosa de coser y cantar”, tan lejos de la realidad como bien sabemos los que impenitentes, buscamos las “asechanzas” y “ocasiones” por todas partes, sin haber conseguido jamás “comernos una rosca” o “vender una escoba”.Verdad es que en parte tenían razón: “ocasiones” no faltaban y más de uno logro “ligar” después de toda una noche de anhelante flirteo a ... su propia esposa, y alguno bebió los vientos por el ágil talle de una morena que resulto ser... un bizarro oficial de carabineros. Lo dicho: fuera de algún exceso gastronómico-aliviado a base de vomitona súbita-estornudos de “pica-pica” y explosión de bombas fétidas, el “desenfreno” carnal de los bailes ribadenses, excepto algún “amaño” previo, solía reducirse al encontronazo múltiple entre glúteos de dudoso sexo, a algún manoteo de varia suerte y a los pisotones, que dejaban los juanetes de los bailarines hechos cisco.

La “perdición”, por el contrario, era harto numerosa-según la confidencia de una de las señoras que efectuaban la limpieza del Teatro (varios volquetes que hacían también a las veces partícipes de camas multicolores)-pues solían dejar abandonados en el campo de batalla toda suerte de objetos,desde relojes de bolsillo a zapatos, pasando por dentaduras postizas, sombrillas y ligas desparejadas. Pero todo volvía a encontrarse, salvo “una caña de indias con puño de plata con mis iniciales que por ser recuerdo de Ultramar tengo en gran estima y que a quién entregue gratificaré con largueza...” propiedad de don Manuel do Pataqueiro, de la que nunca más se supo.

Después del obligado paréntesis de la Contienda, los Carnavales en Ribadeo, durante los años cincuenta tuvieron, acogidos a la benevolente liberalidad del entonces alcalde Pancho Maseda, que confiaba en la cordura de su parroquia, un desusado esplendor quizá único en España: cientos de personas enmascaradas pululaban por las calles de la Villa hablando en el falsete tradicional y gozando de lo lindo, hasta el extremo de que resultaba difícil encontrar una persona vestida con normalidad. Gentes venidas desde cien kilómetros a la redonda acudían a disfrutar del-en aquellos tiempos-increíble espectáculo. Volvieron a salir las comparsas, charangas y parodias -incluso se celebró una bufa Corrida de Toros en el Cantón-alegrando con su humor desbordante las calles. Resulta obligado recordar a Candido Rodríguez “Carrancas”, Antolín Prad “Tili”,Antonio Amor “Gasparito”, Pepe Varela, Pepe Barrera y tantos y tantos otros que con un derroche de humor e imaginación nos hicieron desternillarnos de risa y pasar unas jornadas inolvidables. Los bailes en Rosa Lar y el Casino renovaron pasados fastos, etc.

Jamás hubo ningún incidente, salvo si se exceptúa el nervioso lance de mi profesor, el hermano Isidro, con una joven enmascarada frente a la desaparecida Capilla de la Misericordia, del que fui testigo: el buen Hermano -nuevo en esta plaza- que a primeras horas de la noche iba a buscar a Casa Bibí su periódico y se encontró con el desenfrenado desfile de mascaritas, no digería que tal cosa pudiese ocurrir en hispano suelo, ni, por supuesto, podía darse cuenta de que él mismo, entre la alegre mascarada, no desentonaba en absoluto.

En los últimos años ha caído en franco desuso la saludable, regocijante y antiquísima costumhre de disfrazarse. Sólo se ven por la calle cuatro chiquillos y mascaritas de poco pelo, aunque continúan celebrándose los bailes tradicionales.

Quizá en el Carnaval, como en tantas otras cosas, nuestro Ribadeo esté sujeto al flujo reflujo de las modas, de los ánimos, de las actitudes, de las circunstancias; u obedezca a misteriosos ciclos y rotaciones cuya cadencia desconocemos...

O tal vez, convertida nuestra vida, tanto pública como privada, en una constante mascarada, en un continuo Carnaval, en la que la mentira es válida moneda y el fingimiento norma, no sentimos, al llegar estos días, la necesidad urgente de cambiar de sesgo y de careta, de romper con la monotonía diaria.


Publicado por a333 @ 16:55  | jcparajemanso
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