Mi?rcoles, 13 de mayo de 2009
Publicado por a333 @ 16:23  | jcparajemanso
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 x Juan Carlos Paraje Manso/

Los pregones de la calle-hoy desaparecidos-eran sonoras, vivas proclamas, que quebraban el sopor pueblerino, el silencio de las calles, y poblaban de luces y sombras, de novedad y exotismo, por unos instantes, la monotonía del cotidiano vivir de nuestra ciudadela, donde eternamente silba el viento y arrulla el mar.

Pregoneras de ayer y hoy son las campanas, que desgranan la dulce o amarga espiga de alegrías o tristezas y que enmudecían, prudentes, en tiempos de peste.

Como enmudeció, desde tiempo inmemorial, el pregonero del Ayuntamiento (1) que”por orden del Sr. Alcalde ... etc”, anunciaba, ordenaba o prohibía, tal o cual cosa, substituido por los tablones de anuncios estrategicamente colocados: Puerta de la Villa, Capilla de San Roque, un Arbol del Campo talado al hacer la carretera nueva, la Plaza del Mercado, etc., y por los periódicos locales, que de este modo se enriquecieron con la altisonante prosa de los “Hago saber”de turno. Hay argumento para todo un desternillante libro, sin exprimirse demasiado el seso, con sólo reproducir una selección de los Bandos Municipales.

Me cuentan los patriarcas ribadenses que todavía recuerdan al sereno (2) con su farol y chuzo, condenado a andar como un alma en pena todas las noches, deleitando a los insomnes y despertando a los durmientes para informarles: “¡Las doce en punto y sereno!” o “¡ Las diez en punto y lloviendo!” naturalmente guarecido en un portal mientras diluviaba. Al aprendiz de sacristán Feliños, personaje que se encargaba de anunciar por todo el pueblo entierros, bodas y cabos de año, después de unos campanillazos previos. A Xancín que iba a esperar la diligencia procedente de Baamonde o de Vivero hasta los Canapés y precedía a las sudorosas caballerías de pesada cascabelería dando bocinazos. A los encapuchados trompeteros de Semana Santa, encargados, a base de cornadas, de caldear el ambiente previo al desarrollo del Santo Encuentro.

Asimismo se dice que hace más de medio siglo, numerosos comerciantes y buhoneros, provenientes de León y Castilla, acostumbraban a vocear por las calles de Ribadeo, su mercancía:”¡Manzanilla, flor de tila, flor de malva, sanguinaria!” anunciaba el yerbatero, con un caballo cargado con los sacos de sus aromáticos productos. “¡Quesos, quesos!¡Quesos de Castilla!” ofrecía otro vendedor, también portador de aromas.” ¡Pimentón dulce y picante!¡El pimentoneroooo! Clamaba otro no menos oloroso. Con su caballo “Pájaro” cargado con dos barrilillos voceaba “¡El vinagrero, vinagre!””¡Agua!”contestaban los pilluelos ya que solía prepararlo con una poción química en cualquiera de los regatos de las cercanías y sus barrilillos jamás se agotaban.

Había pregones que por su entonación y mercancía eran más urbanos, con sabor ciudadano: “¡Hay churros calientes!””¡Patata frita a la inglesa a diez y a veinte el paquete!” rogaban hace cincuenta años unos santanderinos que vivían en el Patín, ofreciendo el proletario producto en tentadoras y crujientes obleas. Valencianos de los Cuatro Caños eran los que, en los tórridos veranos de otra época, ofrecían la deliciosa golosina: “Hay helado a diez y a veinte!”

Yo recuerdo al afilador, visitante ocasional, precursor de la lluvia. Aparecía en los momentos más inesperados provocando el: “Ooooi, ¡vai chover!” de los agoreros. Filosófico, impenitente trotamundos, socarrón, indiferente a todas las puyas, boina hasta los ojos, mugriento blusón, pantalón de pana y zuecos herrados que emitían un carrasclás imponente, empujaba su desvencijada rueda-dislocado invento, mezcla de carro, taller, mostrador, alacena, muleta, etc.,-hacía sonar su cromático silbato y ahuecaba la voz para decir: “¡Afilador y paragüero!” (“¡Cuánto más burro más parrandero!” era la contestación burlesca. Y a continuación, en rápida y casi ininteligible retahila:” Afila cuchillos, tijeras, navajas, arregla potas, porcelanas y paragüaaas...”

“El Calendario Zaragozano y Gallego!¡El que da buen tiempo si viene!” ofrecía, por las calles céntricas, a primeros de año, Braulio Ibañez-santanderino afincado en Barres-el pecho recamado con su colorida mercancía, que en el Mercado también, guasón, proclamaba : “¡Vendo bozos para los animales de los labradores!”

Y que se decía del mielero, pulcro caballero aceitunado, de gorra de visera y limpísima romana al hombro, barrilillo reluciente de asa de cuero y el cucharón de madera asomando. Aquel hombrecillo era portador, sin saberlo, de dos soles: el tibio de nuestra tierra, hecho plata en el deslumbrante platillo de su omóplato y el de la suya: dulce melaza dorada en su barrilillo. Sin embargo se conformaba con decir en tono nasal, apretando las sílabas y rayando las erres: “¡Buena mieeel del mielero de Alcarriaaas!” Jamás vendió nada en mi barrio; inequívoca señal de que sobraba dulzura o faltaban cuartos.

También tocaban un pito, más sin pregón, cuando pasaban, lustrosos, con boinas y blusas negras, bastones de asa de cuero y abultado regatón, con un aire de chulería siniestra que escalofriaba, en soberbios caballos que batían con firmeza el cemento con sus acerados cascos, los del más triste oficio, más crueles que verdugos: los capadores.

 

También pregonaban, precedidos de destemplados pasacalles a base de trompetas abollada y redoblante, los nómadas titiriteros:”¡Hoooy! A las diez en punto de la noche en el Campo de Santa María ¡Comedia!!”

Pero el más alegre, quizá el más bello pregón que hayan escuchado mis oídos, el que como un grito ilusionado acompañaba mis nostalgias en el destierro, era el que hasta hace poco hacía vibrar nuestras empinadas rúas que dan al mar, en boca de una jadeante menguada tropa que ascendía hasta conquistar el pueblo entero: “¡Ay, que sardiña cabezudaaa!¡Ay que pescado vivooo! (¡Matalo! Solíamos contestar los chiquillos) anunciador de las riquisimas, frescas, plateadas, irisadas especies.Suscitador de revuelos en las amas de casa, estrépito de platos y convenciones de gatos.

También pasaba a veces- muchas más de las que se quisiera- la para nosotros aterradora visión del Santo Viático. Había que abandonar los juegos y sin ningún comentario postrarse de rodillas cuando pasaba el sacerdote, con paso apresurado porque la muerte no espera, a duras penas seguido por tres o cuatro bisbeantes beatas y acompañado por un monaguillo de ropón negro con una urna de cristal colgada a modo de maleta con una vela encendida en su interior, en una mano, y en la otra una gran campanilla que batía de vez en cuando y cuyo ¡tilín! ¡tilin!, agudísimo taladraba el cerebro y ponía la carne de gallina. Como siempre me había intrigado le pregunté a un antiguo monaguillo: ¿Como sabíais cuando teníais que tocar? -Cada veinte pasos. Me contestó gravemente.

 

  1. Las funciones del pregonero eran publicar los bandos y azotar los delincuentes. En 1573 era Pedro Pallino (?) Oficial de la Villa: pregonero y verdugo. En 1.587, Gabriel de la Casa, natural de Insua, Santa Marta, es ajustado por el Ayuntamiento como pregonero, guarda del Campo y de la Alameda de la Virgen del Camino, dándole además de las “condenas”, un vestido nuevo con las armas de la Villa cada año.

  2. En 1.850 se crean los serenos y el alumbrado público.


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