Domingo, 24 de mayo de 2009
Publicado por a333 @ 8:50  | jcparajemanso
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 x Juan Carlos Paraje Manso/
En nuestra Villa, Capital Mundial del Viento, no podían faltar los molinos movidos por el invisible elemento, causa- según las malas lenguas- de buena parte de nuestros desvaríos.

A mediados del siglo XIX todavía funcionaba el molino de Puerto Estrecho “que se hallaba rodeado de árboles”. No tengo noticias de si sus aspas eran de madera o, imitando las velas de la Ría vecina, eran de lona. En algunos grabados y dibujos antiguos se le puede ver destacado en la prominencia con su tejado de pirulí. De Ribadeo hacia el mar el más alto minarete, a los navíos, que con nordés propicio bordeaban el Castillo de San Damián, parecía que, con sus aparatosos brazos de incansable girar, el molino de Puerto Estrecho les saludaba, como un gigante bobalicón, y les enviaba cordiales abrazos de bienvenida.

Recuerdo perfectamente su vetusta estampa, de cubo de torre solitaria ennegrecida por los vientos, con tan solo una viga carcomida, “poleiro” de gaviotas. Su altivo emplazamiento era obligada atalaya de marinos y pescadores desde donde oteaban el horizonte ansiando divisar la calma o las velas esperadas. Su interior, lleno de ortigas, escenario antaño del jubiloso crepitar del grano entre las muelas, no era óbice para que algún circunspecto paseante, urgido de inaplazables ansias, lo transformara en monumental evacuatorio; y en circunstancial templo de Eros, las parejas que en adelantado noviazgo “ya iban por el Cargadero”- en el argot pueblerino recta final que conducía inexorablemente al matrimonio-y que se decidían, con más fervor que comodidad, entre las venerables piedras, a colocar la primera de su sociedad futura.

En el año de 1.955 fue derruido el ruinoso molino de Puerto Estrecho, pacífica mole cargada de menuda historia, después de adquirirlo el pintor don José Cuervo Cortés, por don Marcelino Irimia González, empleado municipal, venido en 1.927 de Villarpescozo. Por este señor me entero de que tenía unos seis metros de diámetro por siete de alto y un grueso de pared de sesenta centímetros.

Con su piedra y la de unas ruinas situadas en las cercanías- supuesta vivienda del molinero-construyó parte de la casa que levantó en su solar y de la tapia con que cerró la finca en donde vive.

En sus esquinales puede apreciarse la piedra de Vilavedelle que tenía el molino en los recercados de la puerta y dos ventanas y en el riel de remonte en el que giraba el artilugio orientador de las aspas, por lo que se puede calcular como construido en el siglo XVIII época en que estuvo en auge el uso de dicha piedra.

El molino del Treixo, en Obe, situado en un altozano cerca de las Aceñas, entre el túnel de la Palmeira y la vía del Ferrocarril de la Costa, es mucho más moderno, pero fue edificado con piedra del Valín por don Balbino Alvarez López-al que sorprendió la muerte en los montes de Reverte en 1.910- hacia 1.888. Es de más o menos las mismas dimensiones que el de Puerto Estrecho, quizá algo más bajo. Su maquinaria era de hierro fundido y de madera de roble. Sus cuatro aspas de lona, graduables según la intensidad del viento, impulsaban con holgura dos juegos de muelas francesas encintadas en acero, para trigo y maiz. Situado en un lugar idóneo al fin, sus rodeznos de hierro , que giraban con el tejado en un doble raíl sobre la pared, le permitían gozar en todo el tiempo del impulso del viento, y el aleteo de sus aspas y el estruendo de su maquinaria se oía a más de quinientos metros. Don Manuel García Alvarez, “El Melecho” me confiesa que, cuando era muy niño, fue moler una cuarta de trigo para los fereixós y que pasó verdadero miedo dentro del trepidante ingenio mientras esperaba. Otros, más arriesgados, como don Jesús Rodríguez Fernández “El Leal”, no vacilaban-cuando el suave viento lo permitía-en agarrarse a las aspas y, en pavorosa “rueda de la fortuna”, remontarse a doce metros de altura.

Fue mandado construir por don Felipe Pulpeiro Pérez, vecino del lugar, cuando vino libre de quintas, y costó la suma de 26.000 reales que en aquel tiempo era mucho dinero. Roto por un tremendo vendaval el eje principal, que era de castaño, y muerto su dueño en 1.929, el molino del Treixo paró definitivamente.Sus velas fueron utilizadas en las eras para limpiar el grano; las muelas fueron cargadas por don Manuel Forés Sueiras con ayuda de un cabestrante y llevadas, las del maíz para el Carboeiro y las de trigo para un molino de Meredo; los rodeznos y engranajes se usaron para carretillos o fueron para chatarra; parte del rotor sirve de sostén a la roldana del pozo.

Hoy, el hijo del dueño, del mismo nombre, me habla con orgullo y nostalgia de aquel ingenio, insólito en estas tierras, y me enseña los fetiches que coronaban su ancestral caserío: El Caballero Mutilado, soporte de un cuadrante solar, y el Melancólico Cantor, busto de delicadas facciones.

Por un prado esmeralda camino hacia el molino, su torre intacta brilla dorada por el sol. Su parte más alta parece nimbada por un entramado de ramas en esta estación desnudas.Por una ventana penetro en su interior: fresco y limpio: tres vigas carcomidas son su única techumbre. En su recinto ha crecido una robusta higuera que en su época convierte al molino en un búcaro repleto de verdor.

Tiene dos ventanas superpuestas al Norte, otras dos al Sur y otra sobre la puerta que da al Poniente.

En lo alto de la higuera una pareja de urracas tartajean escandalosamente.Encerado en el torreón, como José en su cisterna, permanezco largo rato en un ambiente de laxa beatitud, tratando de imaginarmelo en pleno ruidoso movimiento, pensando en la feliz casualidad -familia de Fonsagrada, familia de Obe-que me vincula a los dos molinos de viento; por el gusto de estar...

De pronto el Nordés me trae, del lejano pueblo, blanco y azul, un entusiasta rugido colectivo que penetra por la ventana del Norte, roza la higuera, sale por la del Sur y se pierde en las frondas de La Capela, donde Felipe me dijo que existían los restos de una prehistórica ciudadela.

En la Faxarda- a no dudarlo-el Ribadeo ha metido un gol.


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