Jueves, 28 de mayo de 2009
Publicado por a333 @ 17:32  | jcparajemanso
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x Juan Carlos Paraje Manso

 

Pocos días podían compararse-en mi calendario infantil-con el Domingo de Ramos, en el que era obligado acudir a la iglesia parroquial orgullosamente encorvado bajo el peso de un frondoso “loureiro”, cortado días antes en la arribada de las Arenas o de las huertas de Figueirúa.

De los cuatro puntos cardinales de la Villa confluían en el templo los niños y las niñas, estrenando alguna prenda (1)y portando ellas palmas artísticamente trenzadas con lujo de lazos y rosquillas, tentación de golfillos, llevando ellos ramos esbeltos, ramos achaparrados, ramos floridos, de la Regueira, de Obe, del Jardín, de Villaselán, de las riberas rientes del Eo, perlados de rocíos, de brillantes hojas, ramos gigantescos, ramos valientes de laurel con injertos de la cándida oliva.

Para los rezagados, para los señoritingos, aún quedaba el recurso de comprar un ramo en el mercadillo que se instalaba, hasta momentos antes de la bendición, en aquella bancada de piedra con barandilla de hierro que bordeaba parte del Parque.

Una vez dentro, convertíase el amplio templo en tupida floresta, en verdadero bosque mecido por las manos traviesas de inquietos gnomos. Un guirigay ensordecedor de niños parlanchines y padres que airados buscaban el autor del escamoteo de una llorada rosquilla, unido al sonoro rumor del entrechocar de las orgullosas hojas, se apoderaba del sagrado recinto. Menudeaban los desafíos y el templo se convertía en campo de batalla en el que combatían con denuedo los laureles de Cabanela contra los de la Regueira, resultando perdedora siempre...alguna lámpara que con estruendo de chatarra y cristalería se venía abajo, o algún candelabro que sucumbía doblegado ante un molinete. Otras veces enardecidos de jubilosos y rítmicos entusiasmos nos poníamos a golpear con todas nuestras fuerzas los tocones de los ramos en las baldosas del piso: ¡tun, tun, tun! ¡tun,tun,tun! Produciendo un sensacional estruendo capaz de hacer despertar de su sueño a Ibañez y a cuantos bajo ellas reposan.

Era de ver a D. Manuel F. Reinante (el cura de Pita) tratando de poner, a base de gritos y manotazos, algo de orden en aquel bosque sublevado. Supongo que el ecuánime don Enrique, inalterable ante cualquier hecatombe, abreviaría en lo posible la bendición y daría un suspiro de alivio cuando el “bosque” abandonaba su hasta esa fecha pacífico feudo, despidiéndose hasta el próximo año con fragor de floresta caminante, dejando tras de si unos botones de abrigo, un pañuelo ensangrentado, dos bancos volcados y el subyugante frescor de las hojas maceradas del laurel, símbolo de la victoria.

  1. “O que se estrena en Ramos e que non ten pes nin manos” (Dicho popular ribadense)


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