Domingo, 31 de mayo de 2009
 

x Juan Carlos Paraje Manso/

En el barrio de La Rochela, parroquia de La Devesa, existe una casa de labor, con molinos, palomar y construcciones anejas, propiedad de los Fernández Barrera, que dentro de dos años cumplirá el siglo de existencia. Hállase este caserío frente al mar, sobre una prominencia que lo convierte en espléndida atalaya, muy cercano a la ensenada y playa de Esteiro de la que recibe su nombre.

A esta casa llegó, en la tarde del 9 de enero de 1.936, el mariscador de Rinlo D. José Antonio Docobo Rañón, con una noticia sorprendente: En la pequeña rada formada en la desembocadura del río, una ballena, al parecer enferma o herida, había atracado, empujada por la marea o el temporal reinante.

Los sorprendidos vecinos se apresuraron a ir a ver al inesperado visitante: se trataba de un cachalote de 17 metros de largo, 3,50 de ancho y 12 de perímetro que, sin duda, síntiendose moribundo, había venido buscando la querencia de tierra como en ellos es habitual. El temporal y la marea, muy viva, lo habían introducido, salvando la Pena Redonda, en la misma costa, en donde – según cuentan-todavía dio coletazos y algunos de sus espantosos rugidos característicos. En esa misma noche, al bajar la marea, algunos vecinos intentaron, a hachazos, arrancarle los dientes, por suponer que eran de marfil, entre los vapores de ríos de sangre caliente.

La noticia corrió como un reguero de pólvora, y aireada en la prensa local y regional, Esteiro y el cachalote se convirtieron en objeto de una laica peregrinación. Miles de personas, de Galicia y Asturias, a pie o empleando los más variados medios de locomoción, se dieron cita en el lugar y desfilaron boquiabiertos ante el voluminoso cetáceo. La carretera estuvo ocupada, sobre todo los primeros días, por una ringlera de autobuses, camiones y turismos, y el camino de Esteiro registró en pocas horas más viandantes de los que había contabilizado en toda su existencia. Los vecinos estaban fritos, pues no podían ni descansar, con aquel continuo tropel día y noche. La Empresa Ribadeo puso lineas especiales de autobuses “para ver al cachalote” e incluso a algún vecino se le pasó por la cabeza la idea de cercar la “atracción” con una valla y cobrar por verla, cosa que no consintió la autoridad de la Marina.

En Ribadeo el farmacéutico, don Claudio Pérez Prieto, conocedor de las valiosas materias de que era portador el cetáceo, organizo el aprovechamiento de los productos que pudiese extraer, y a este fin, después de obtener el permiso pertinente de D. Jesús Baños, Capitán de la Marina Mercante y Ayudante de Marina de Ribadeo, se puso en contacto con D. Pedro María Pérez Fernández, jubilado rinlego que había pasado gran parte de su vida -durante su estancia en la Argentina-trabajando en factorías balleneras en los dos Polos, que accedió gustoso a dirigir los trabajos.

Dos eran los objetivos que los movían a esta empresa: extraer el aceite o esperma contenido en grandes cantidades en su descomunal cráneo, y tratar de localizar en el hígado del monstruo el preciado ámbar, considerado como cálculo biliar de estas bestias y que, según la creencia del experto, podía ser la causa de su muerte.

Para las labores de destaze, reclutaron a D. Jesús Rodríguez, de la Rochela, más conocido como Jesús de Cha o Cafú . Era este un original personaje, seco, nervudo y musculoso, famoso pulpero, al que durante años vimos pasar con frecuencia camino de Vegadeo, en una vieja bicicleta con manillar de carrera, con un cesto rebosante de pulpos en el portaequipaje. Solía llevar el pantalón arremangado por arriba de la rodilla y al entusiasta y regocijado saludo de la muchachada, al cruzar el Campo, correspondía con una amplia sonrisa y agitando el brazo, sin dejar de pedalear vigorosamente.

Completaba este original equipo el popular transportista D. Constantino López Ramos, primo y amigo de los Pérez Prieto, que participaba desinteresadamente en las operaciones y en su camioneta Dodge Lu-966, transportó los bidones de aceite a su finca de La Lodeira.

Con una gruesa barrena de carpintero, bajo la dirección del anciano ballenero, perforaban la cabezota del animal, y a cada perforación brotaba un chorro de esperma que había que recoger inmediatamente en bidones, puesto que al contacto con la temperatura ambiente, se solidificaba con rapidez. Sobre unos 2.000 litros le sacaron.

En cuánto al ámbar gris ya fue otro cantar: el ballenero había traído, como un viejo samurai, media docena de filosos machetes con empuñadura de hueso, de unos ochenta centímetros de largo, recuerdo de sus andanzas en la Antártida. Bajo su dirección, Cafú procedió a operar al voluminoso paciente, pero en el descomunal hígado no encontraron ni rastros del ámbar ansiado, tan apreciado para perfumería. Así las cosas, la operación tocaba a su fin; todavía se le hubiera podido sacar muchísimo más esperma pero, el no contar con medios suficientes y empezar a pudrirse rápidamente aquella mole de grasa, unido a ciertas presiones emanadas de la politiquilla local, obligaron a suspender los trabajos. Faltaba lo más difícil: deshacerse de tantas toneladas de carnaza, pues, aunque cooperaban las gaviotas,venidas en grandes bandadas hasta de Escocia, dado el tamaño del animal y el lugar en el que había varado, sólo asequible a las grandes mareas, la operación se presentaba peliaguda. Lo que en un principio se consideró regalo y fuente de riqueza en pocos días se transformó en problema.

Intentaron quemarlo; rodearon el ya engorroso “muerto”, que despedía un hedor nauseabundo, con varios carros de tojos secos y después de rociarlo con unos cien litros de gasolina, le plantaron fuego. Pero aún quedó cachalote para saciar a un goloso. Aprovechando las mareas, Cafú lanzó al mar grandes trozos, enterró otros y puso en práctica todas las ideas y recursos que se pueden usar a la hora de querer hacer desaparecer un cadáver de varias toneladas.

Cuando el último trozo de “bicho” salió flotando de la pequeña ensenada, coronado por una multitud de escandalosas gaviotas, seguro que el gran pulpero dejo escapar un suspiro de alivio y dijo:¡Vaya o demo con él...!

La playa, rocas y algas, habían quedado impregnadas de sangre y grasa y pasarían meses antes de que dejara de percibirse la repugnante pestilencia.

Del cachalote, además del imborrable recuerdo, en los que lo vieron y “aspiraron”,quedó, junto a la misma playa, un gigantesco hueso del maxilar, formando parte del cercado del prado del Chinelo en As Liñeiras. Huesos y dientes quedan todavía en muchas casas de La Devesa, Rinlo (en donde trataron de utilizarlos para hacer agujas de coser redes) e incluso en Ribadeo.

En términos generales-aparte de enriquecer el anecdotario-el balance de la visita del cachalote fue bastante negativo, hasta el extremo de considerarlo el vecindario como huésped poco deseable,

Seis meses más tarde estallaba la Guerra Civil.

 


Publicado por a333 @ 9:24  | jcparajemanso
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