Domingo, 14 de junio de 2009
 

X Juan Carlos Paraje Manso.

 

Tu fuches o que lle roubaches as ferraduras o can do alcalde ...(Acusación infantil ribadense)

Hacía meses que no iba por la empinada, estrecha, rectilinea, soleada, siempre querida, calle Ibañez-escenario de mi niñez- y no me había enterado de la limpieza efectuada en el solar existente entre el Club de Ancianos y la Guardería Infantil, donde quedaban, ocultos bajo una maraña de maleza, los restos del tendido de sombra de la Plaza de Toros de Miramar.

Me dió la noticia mi socio: Quedó al descubierto un arco de los tiempos de Ibañez...-me dijo Díaz, todo emocionado.

-¿Arco de los tiempos de Ibañez? Será la bóveda que forma la escalinata, una de mis guaridas favoritas en la huerta de Casas; allí se guardaban las herramientas y las zuecas... Por cierto, allí dicen que estaba enterrado un perro...

A la tarde fui a verlo. Efectivamente, el arco que formaba el descanso y los escalones ha quedado al descubierto pero el nicho aparece paredado recientemente.

-Los niños sacaron unas tablas y huesos de ahí..- me dice una vecina a la que explicó el motivo de mi visita, y están todos intrigados. Bromeando decían que ahí estaba el tesoro de Ibañez...

Siento una intima satisfacción al comprobar que mi información no era una fábula. Veinticuatro horas después, la buena fortuna y una rauda gestión, me llevan a estar charlando comodamente con don Celestino López Martinez, vecino de Piñeira y, durante seis años, jardinero en la Casa de Casas y único servidor que puede contarlo, que me dice.

-Si, hombre, yo ayudé, hace aproximadamente medio siglo, a enterrar a “Chichito”.

Le hicimos, por orden de las señoritas, un nicho cavado en la pared, bajo el descanso de la escalinata que comunicaba el parque con la huerta. Don Emilio de Rigueiro que era el carpintero de la casa, le construyó una cajita igual que para un cristiano, donde metimos al mimado faldero.

¡Iba bueno de comer bistés de solomillo!, que le cortaban en trocitos todos los días. El perrito, un pequeño lulú de blancas guedejas, vivía como un principe: lo bañaban y lo perfumaban a diario y, adornado con un lacito, era el juguete de las señoritas.

Peor vida-sin duda-pero mejor panteón, tuvo “Diana”, la perra de una anciana señora, casi ciega, que murió en la calle de Reinante; una vez enterrada su ama, la perra se negó a comer y no hubo forma de apartarla de la puerta del Cementerio, en donde murió, aullando lúgubremente. Los herederos de la señora, personas de rara sensibilidad, hicieron esculpir la efigie del fidelísimo animal en un grueso bloque de mármol, (hoy cuidadosamente guardado por personas amantes de las curiosidades de su pueblo) que colocaron en la parte baja de su nicho, situado más o menos en la puerta principal del actual Parador de Turismo, y que era el atractivo más poderoso, además del macabro puzle del osario, de los niños que visitábamos el Cementerio Viejo.

Mala vida - y sepulcro ignorado- tuvo “Boabdil”, un setter de manchas canela, al que unos individuos (de cuyo nombre no quiero acordarme) tuvieron la ocurrencia de meter en el tenebroso subterráneo existente en la Torre Julia de la antigua fortaleza de los Condes de Ribadeo, sita donde actualmente está emplazado el Palacio de los Morenos. Quisieron confirmar la antigua creencia de que tal subterráneo tenía salida al mar, por la Cova da Vella, y, efectivamente, a los tres o cuatro días de haber encerrado al perro en la tétrica poterna, apareció en Porcillán hecho una lástima: cojo de las cuatro patas, semi-ciego, lleno de mataduras y con la fe en la especie humana perdida para siempre. Con su hazaña el pobre chucho venía a demostrar, a la par, la inconsciente crueldad de los hombres y la veracidad de un legendario aserto.

 

 


Publicado por a333 @ 11:12  | jcparajemanso
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