S?bado, 20 de junio de 2009

X Juan Carlos Paraje Manso/
En el libro FALAN OS DE RIBADEO, y concretamente en el apartado correspondiente a los “alcumes” o apodos ribadenses, el benemeérito Francisco Lanza, al tratar de explicar el origen de alguno de ellos, afirma tajantemente que el de “El Turco”, apodo con el que se distinguía a la persona y a la casa comercial de don José Pérez Villamil, era aplicado como sinónimo de “malo, duro de corazón”. Desconozco los motivos, de índole general o particular que indujeron al admirado Lanza a aplicar tan condenatorio juicio, ni la importancia que confería al calificativo “malo” (vago y fulminante a la par) pero me inclino a creer que en esa definición, además del absoluto desconocimiento de las causas del apodo, se dejó llevar , más por la carga legendaria del nombre en sí-sinónimo de arcaicas resonancias , plenas de terror y devastación, de una raza belicosa que conoció épocas de indiscutible hegemonía y que aún hoy día, como domador implacable del oso ruso, conserva íntegras sus características, que por la condición humana de quién lo recibía; puesto que, si merece el nombre de malo el que hace daño a alguien, paradójicamente don José Pérez Villamil fue bautizado “El Turco” por la consecuencia retardada y pintoresca de ...todo lo contrario.Pero, sea el lector el que juzgue, una vez enterado de la verídica historia.

Una desapacible mañana de invierno -hace más o menos cien años-sorprendió a nuestros ribereños la llegada de un pailebot de exótico aspecto y extrañaa arboladura: se trataba de un navío turco que, vapuleado por el temporal y escasa su tripulación de víveres y agua, dió gracias a Ala cuando pudo echar el ancla en Figueirúa. Enterado don José Pérez Villamil -natural de Armental (Navia)- y como tantísimos otros asturianos que en otra época nutrieron nuestro censo, establecido en Ribadeo-de la delicada situación de los marinos turcos, que al parecer tampoco disponían de dinero, se brindó a servirles a crédito todo cuanto necesitaran, siendo el barco reparado en la Villavieja y surtido de los víveres necesarios para continuar viaje.

La necesidad de prolongar su estancia en nuestro puerto, fue causa de que los ribadenses se familiarizaran con las extrañas costumbres de los marinos turcos, que por nada del mundo querían carne de cerdo y ejecutaban sus aparatosas oraciones ante la atónita presencia de numerosos curiosos. Asimismo, entre el Sr. Pérez y el capitán del barco, que hablaba con bastante corrección el italiano, se fue cimentando una verdadera amistad. Llegado el día de la partida, el capitán turco se despidió de su anfitrión con grandes muestras de afecto y en prueba de agradecimiento, le regaló un salmarkán de plata cincelada y un fez de suave paño de Cachemira.

Del barco no tengo más noticias: ignoró si logro arribar a su destino, Dover, o si-San Telmo no lo quiera-los congrios juguetean con su insólita carga: Platillos de Esmirna para las bandas de Su Majestad Británica. Tampoco he logrado enterarme-y, la verdad eso me preocupa menos-si el Sr. Pérez se reintegró la suma adelantada o, por el contrario, la factura del astillero unida a las de bacalao, galleta, cecina de los Oscos, carbón de la Rúa, etc., pasó a engrosar el Libro de Morosos por los siglos de los siglos.También desconozco el paradero del salmarkán, que varios historiadores omiten. En cuanto al fez, ese ya es otro cantar: al parecer, y según la opinión de los que lo usan, su tronco- cónica cámara de aire tiene la virtud de mantener la cabeza caliente y el cerebro frio, cualidades inestimables para un comerciante y don José Pérez Villamil demostró serlo y de los buenos. En su casa de la calle del Viejo Pancho, cuya ochava ostenta sus iniciales orladas del laurel de los vencedores en el artístico antepecho, poseía un espléndido establecimiento de ultramarinos y ferretería que, andando el tiempo, se popularizaría con el nombre de “Los Perecitos”. De un viaje a Londres había traído una máquina de hacer puntas, (paradójicamente llamadas “de Paris&rdquoGui?o que fue la admiración de un país en donde sólo se fabricaban -y siguen en pleno auge-los clavos. En su huerta de la calle de San Roque, y con fórmulas traídas personalmente del extranjero, hizo composiciones y ensayos para la industrialización de los primeros abonos químicos que se usaron en esta comarca. Y fue, en fin, el que, continuando con una tradición de filantropía en las gentes acomodadas, (hoy en franco desuso)regaló el solar en que había de construirse la Casa del Pueblo.

 

 

Pero es que don José Pérez Villamil, además de comerciante y generoso, era sin duda un excéntrico, por lo cual, una vez que, una vez en plan de broma, se encasquetó el fez y comprobó sus virtudes, lo encontró tan de su gusto que ya no quiso prescindir de él, y, primero para estar en la tienda y después para pasear por las rúas ribadenses , adoptó ese exótico tocado desechando la boina d el país y mandando confeccionar otros por un sastre de la localidad.

Y ahora dime, admirable lector: sus boquiabiertos vecinos al verse provocados por la insólita presencia del buen señor, tocado con la insólita prenda, de un rojo rabioso rematada en borla dorada, ¿cuántas horas, minutos o segundos tardarían en bautizarle con el nombre de “El Turco”?

 

 


Publicado por a333 @ 8:46
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