Lunes, 10 de agosto de 2009
Publicado por a333 @ 7:55  | justin navarret
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x Justín Navarret

¿Quién no recuerda la industria conservera en Ribadeo? ¿Quién, de mi edad, no recuerda el movimiento pesquero de los años treinta en nuestro Puerto? Por si alguién se olvidó de ello o no ha tenido la suerte de conocer tan relevantes tiempos, con modestas pretensiones me propongo dar cumplida cuenta de ello, diciendo que esta industria de conservas y salazón , sirvió para colocar el listón del progreso marítimo pesquero en lugar destacado en nuestra Villa y por ahora, inalcanzable.

A partir de los años sesenta se vino todo abajo hasta quedar totalmente excluída del desarrollo Nacional.

Y así, esta gran industria se vió obligada (ignoro los motivos) a parar su gran producción, siendo un duro aldabonazo su triste final, afectando duramente a muchas familias ribadenses que con los trabajos en las fábricas obtenían unos muy saneados y necesarios salarios.

Las trabajadoras pasaban con mucho de cien, con algún hombre en la plantilla. Fue un tremendo problema la desaparición de aquellas industrias, que hoy se recuerdan con añoranza.

Fue de igual forma llorada por todos, ya que en muchos hogares las aportaciones económicas de las mujeres superaba el de sus conyuges, siendo además un gran trauma económico para Ribadeo que acusó sensiblemente la falta de ingresos de las familias que vivían de la manufactura de la pesca.

El funcionamiento de este complejo industrial era abastecido por nuestra flota pelágica:anchoa, sardina, bonito, chicharro, paparda, caballa; la producción a gran escala hacia que el rendimiento emperarial fuese boyante y así permitía proseguir el largo camino económico, hoy tan dificil... pero el destino juega a veces estas malas pasadas y uno no encuentra explicación a muchos de los hechos que ocurren. Por ello yo me pregunto: ¿Y por qué ha sucedio este grandisimo problema en todo el Cantábrico? Alguién es culpable de estos cierres industriales que privan a los pueblos del bienestar social y económico de sus moradores.

El ciclo de estatan llorada industria, tan estategicamente situada-a menos de quince metros de la pleamar con ramblas y escaleras de servicio para descargar el pescado-se iniciaba con la descarga del pescado de los barcos, llevada a cabo por treinta o cuarenta mujeres que con sus barreños en la cabeza corrían como centellas meneando el culo y la mano libre, para verse favorecidas de más de un viaje hasta la fábrica, en donde el pescado era salado, descabezado o trocedado para su elaboración. Este personal ,no nominal, se ganaba un pequeño jornal en el acarreo, así como una chona de peces que en el barco se escondían por trancaniles y cuadernas. Después, ya el pescado en la fábrica, las mujeres ya técnicas en el oficio, lo preparaban para dejarlo listo y elaborarlo concienzudamente, bajo la supervisión de los encargados. Las industrias conserveras no solo ocupaban más de cien mujeres y daba vida a un colectivo muy importante, sino que era el diario pan de los pescadores y había muchas personas que vivian al amparo de las mismas.

Han pasado ya varias décadas y la pesada losa caída sobre este complejo industrial nos priva de que en las inmediaciones de las mismas nos huela a mar y a yodo y a sabroso bocarte o bonito y -¡como no! nos ha privado de igual forma de los sutanciosos ingresos que era la gran alegria de los hogares ( ¡de muchos hogares!) ribadenses. Hoy se le dio paso a una industria estatal lujosa, limpia y radiante con olor a desodorante que de ningún modo se parece a la fábria de Fernández y Pélaez que tanto trabajo dió a nuestro pueblo. La industria que reemplaza a la fábrica ocupa seis u ocho empleados que para mi modesto entender ES DE RISA, pues se trata de criar ostras, peces y mariscos en cautividad y los experimentos a largo plazo nos hace ser pesimistas y hasta ver con el tiempo lo que pasa, su rendimiento CERO actual puede ser su triste final. Y hay que ver el dinero que ahí se invierte. No hace falta ser enonomista para hacer comparaciones y medir con sinceridad esta nueva industria que en aportes económicos no se parece nada a su antecesora.

Aquellas entradas y salidas del personal que prestaba sus servicios en las fábricas, llenaban los accesos a las mismas y ponían una reconfortable nota de alegría, de bienestar social y de colorido por las calles y los encargados Juan y Jesús Carragal con t emple de hierro y amenazantes gritaban: ¡Venga, panoyas al trabajo! ¡Dejar ahora de bla, bla, bla que ya hablareis cuando esteis en la calle!¡A ver, traed ese barril de muera, más sal a esta pesca!..

Y con su buen hacer salía todo a pedir de boca para que la firma Fernández y Peláez siguiera cosechando triunfos aquí y allá y para que nosotros pudieramos seguir disfrutando con el buen hacer que hoy tristemente lloramos. Las empacadoras con su maestría, las freidoras con sus repletas pailas, los cocedores al baño de María hacían que los productos aderezados con salsa marinera fueran solicitados para exportarlos a Francia, Alemania, a Italia y a otros paises sin que nuestro mercado sufriera privación de ellos.

Me decía un amigo mio, Justo Barreiro, que Ribadeo siempre fue una villa emprendedora y sus fábricas, su comercio, sus centros culturales, sus coros y danzas, sus rondallas, su banda de músia, su Escuela Naútica y su Academia habían sonado en toda la Peninsula y marcado un hito en nuestro pasado; pero también añadía que los buenos principios daban paso a tristes y desastroas terminaciones que ponían en tela de juicio la efimera constancia. ¿Tendría razón? Ya se verá.

La Comarca del Eo 18 de setiembre de 1.988,


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