Domingo, 30 de agosto de 2009
Publicado por a333 @ 9:03  | justin navarret
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X Justín Navarret

 Habia en este tiempo un colectivo de pequeños negocios unifamiliares que se dedicaban a las ventas de pesado y fruta que ocupaba un número de mujeres muy importante. Los tiempos eran económicamente, no se hablaba ni mencionaban para nada cantidades de miles de pesetas (como se hace ahora) y las principales cifras que salían de las gentes eran de ocho o diez pesetas y en ocasiones de reales o perras gordas (de diez céntimos) y eran muy tenidos en cuenta los cinco céntimos para partir algunas diferencias de los negociantes y compradores. La lucha por la subsistencia siempre la hubo, pero aquellos años cuarenta o cincuenta que nos tocaron vivir eran francamente peliagudos. Esto nos da luz para desgranar la margarita y afinar en lo posible hechos y realidades, procurando salvar en lo posible cualquier error.

Comencemos desde los años mil novecientos veintisiete y aproximémonos al mil novecientos cuarenta y dos. Los barcos que abastecían de pesca a los puertos eran arrastreros -la mayoría parejas-asturianas. Con sus bodegas bien repletas que iban almacenando en sus entrañas toda clase de pescado (en ocasiones de tamaño más pequeño que las leyes exigían), iban a vender a Gijón, Avilés, Luanco o Candás y en ocasiones algunas vendían en Ribadeo, aunque los precios de aquí nunca les halagaron porque casi siempre eran inferiores a los que se cotizaban en los puertos antes enumerados. Siempre el pescado se vendía al anochecer, subastado en la rula, a la que acudían las pescantinas que estaban siempre ojo avizor esperando la llegada de los barcos. El rulero Ramos o Fandín, iniciaban su labor cotidiana así:

-¡A ver esta caixa de potas...!¡ O esta caixa de escachos! ..¡Cien pesetas...Noventa... Ochenta... Setenta... Sesenta! Y así a la baja hasta ser adjudicada a alguna mujer que decía : ¡Mía!

No se pesaban las cajas, se vendían por lotes, el pago de lo adquirido se hacía allí mismo en mano, ya que en aquellos tiempos aún no funcionaba la Cofradia o no existía como tal para llevar el control de las ventas.

Hay que destacar el gran número de compradores que al terminar la subastas, procedían al lavado y empaquetado de la pesca para su vena al día siguiente en mercados como Vegadeo, Puentenuevo, Fonsagrada, zona rural de Ribadeo y en nuestra Villa, sobre todo aquí por ser uno de los mercados que más pescado consumía.

Las compradoras que recuerdo son Las Crixas, Pilar y María, la familia Corbella, Ramona y sus hijas Carmen y Manuela, Felisa de Corada, Rosario, Concha del Crixo y otras que venían de Castropol y Rinlo, el Fernandón y el Moín, e incluso de San Miguel de Reinante, algunos con sus caballerías y carros para trasladadr el pesado a pueblos limítrofes. También de Figueras acudían Julio del Noruego, Marinacia, Carmen de Esmeralda y otras.

Como se ve, la lluvia de compradores de pescado era muy nutrida e importantes, las palabras en ocasiones displicentes y fuera de lugar hacían que los jaleos se sucedieran a cada rato.

Unas porque algunas habían adquirido un buen lote de moscón o de escacho, otras porque el lote de ellas era más malo y-por lo visto-más caro, otras veces porque alguna había llegado tarde y porque se había rulado sin su prsencia, otras porque las hubo que compraron en los barcos en horas desusadas con el resultado de que eran más las ofertas que las demandas, dando lugar a que las escasas compradoras que subrepticiamente se habían llegado a bordo comprarán más barato y con el regalo de algún sobrepeso, saliendo mucho mejor paradas que las que compraban en la rula... Y las imprecaciones y amenazas con el puño se sucedían inexorablemente: ¡Amólate! ...¡Deuche rabias porque comprei barato!... ¿Por qué nun tuveche tú de guardia hasta as tres da mañan no muelle como tiven eu?...

Otras veces al no haber pescado fresco, las pescantinas vendían salazón de mariquita, paparda, caballa o chicharro que algunas precavidas adquirían en las lanchas de Rinlo o de Foz a un precio muy barato.

En el verano, en la costera del bonito, los pesqueros vendian a bordo. Ramón de Corada o Rosario compraban el pescado para inmediatamente revender a sus compañeras la pesca y sacar unabuena y sana ganancia. Vendían de puerta en puerta voceando el bonito: ¡Llevo bonito vivo y saltando! ¡Hala que ven agora mesmo do mar!

-¡A como es!-les preguntaban desde las ventanas.

-¡Cortao a seis ras, e enteiro a cinco! --¡Hala mulleres que se acaba!

Por último se disponían a hacer balance de lo vendido y recontar sus pequeñas ganancias que casi siempre resultaban menores de lo previsto.

También la frutería fue siempre atendida por las mujeres en épocas de las peras urracas, manzanas y verduras, era siempre una estupenda ayuda económica para algunas familias. Quiero resaltar que estos negocios nunca enriquecieron a sus promotores y solo ganaban para ir tirando y para nada más.

Por último diré que existían pescantinas ocasionales, las que vendían el pescado que sus maridos o familiares pescaban al cordel; la variedad y frescura del pescado eran el principal señuelo para que se vendiera rápido. Las cabras, xulias, gayanes y maragotas aún saltando, ocupaban las sartenes de nuestras casas y consumirlas acaballadas en los magnificos cachelos de Villaselán era un plato sabrosisimo a la hora de la comida. ¡Hala a o pescado vivo! ¡Hala as xulias que tan saltando, hala as cabars que ainda rebrincan da vacia! … Y Emiliade Ribas y otras mujeres vendían estos sonrosados, frescos y finisimos pescados que tanto gustaban a la parroquia que en menos de una hora daba buena cuenta de la mercancía que en la cesta se vendía. Las vendedoras internacionales, las bacaladeras que importaban los fardos de paises como Islandia o Noruega... Era una delicia aquellas “pelas” a cinco reales que expendian las conocidas Rosa de Benito y Amelia de Carne Asada.

En aquella época aún no existìan los frigorificos ni accesorios modernos de conservación para futuros consumos y la frescura y calidad eran su principal garantía para que el consumidor de a pie no se viera sorprendido con alguna complicación intestinal.

Fuente: La Comarca del Eo 1988


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