Viernes, 28 de mayo de 2010

A Concepción Alonso de Montiel

 

Mi abuela materna llenó mi infancia de imágenes, con hebras de recuerdos me tejía los edredones más tibios remontándose hasta aquella ría del Eo a la que me transportaba y en la cual su padre el “Altruán”, verdadero lobo de mar, era el protagonista exclusivo de todas las aventuras. Ribadeo, puerto de mar, como ella decía con orgullo, no era para mí un lugar remoto sino un escenario cotidiano. Yo sabía del muelle de Porcillán frente al que se encontraba su casa, me contaba que desde la ventana ella veía entrar a puerto el barco capitaneado por su padre, pues lo había seguido en su derrotero desde que lo divisó en el horizonte.

Yo, niña acunada con sus Nanas, me dormía viendo el enorme barco con mi bisabuelo tras el timón, con su espesa barba que le cubría gran parte del pecho y la infaltable pipa que lucía en aquellas dos fotos que ella atesoraba y compartía conmigo.

Crecí y un día mi Mamabuela no estuvo más para arroparme, pero siempre me siguieron abrigando esos recuerdos que sus labios habían tejido para mí, embelleciéndolos y un día llegué a Ribadeo, recorrí el muelle de Porcillán y pese a haber transcurrido 74 años desde que el Altruán murió, encontré a Pepín, un anciano que lo conoció siendo aún niño, mantiene en su memoria a aquellas mujeres que iban por la calle gritando: ¡ha muerto el Altruan!, ¡ha muerto el Altruan! y que él subió corriendo tras ellas la escalera y lo encontraron acostado en su cama, sobre la mesa de noche había una canasta con manzanas verdes, cuentan en el pueblo que murió tras darse un atracón con ellas. Me afirma que sí había sido lo que se dice un verdadero lobo de mar, que en su barca pesquera salía de la ría a desafiar el mar abierto. Que era un hombrón respetado y temido por él pues lo intimidaban sus fuertes brazos y esa enorme barba blanca que le cubría el pecho. Lágrimas y sonrisas reverdecieron recuerdos, deshicieron tramos desprolijos, emparcharon olvidos y cosieron nuevos trocitos en mi edredón.

Qué importante fuiste para mí Mamabuela, vos y tus saudades por la tierra, ría y mar que un día dejaste sin saber que nunca ibas a volver. Yo quisiera ser como tú, labriega del corazón de mis nietos, aprender de tí a sembrar en ellos el amor a sus raices.

 

Teresa González

20 de mayo de 2010.-

 

 


Publicado por a333 @ 7:23
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios